Estoy terminando de comer un platillo preparado por una señora centroamericana y un chef musulmán; lo sé porque la primera me saludó en español para preguntarme a qué hora salía nuestro avión y el chef, quien vestía un turbante, me comentó que a partir de mañana les iba a hacer falta el ruido que hacía el grupo de mexicanos. 

Ahora, estoy sentado escribiendo frente a un par de estudiantes asiáticas, a un lado de un alumno de Vietnam y acaban de salir de un salón cercano un grupo de brasileños y marroquís. Hoy por la mañana mis alumnos me pidieron permiso para ir a desayunar y despedirse de sus amigas de Corea y los demás están comiendo en las mismas residencias que los brasileños y los japoneses. 

Durante todo el mes pasado, me tocó la suerte de acompañar a un grupo de 15 estudiantes de las distintas unidades de la Prepa UDEM en su curso de verano a la Universidad de Manitoba, en Winnipeg, Canadá. 

Evidentemente la aventura de convertirme en el maestro acompañante, o chaperón como lo llaman aquí, era un reto lleno de diversión, emoción y nuevas experiencias en mi vida, tanto en lo personal como en lo profesional. 

Definitivamente, podría escribir muchísimo de las cosas que hemos vivido aquí, pero me remitiré al tema principal de este artículo y es que vuelvo a México con un grandísimo impacto de ver la magia de la multiculturalidad, esta vez, asombrado de cómo la misma puede ser potenciada por el uso de las redes sociales y la tecnología.

Si hay algo que en muchísimas juntas hemos comentado que consideramos que “entorpece” nuestro trabajo dentro de las aulas, es el excesivo uso del celular y diversos medios tecnológicos durante las clases, sin embargo durante esta experiencia he podido ver una faceta muy realista y novedosa –para mí- en la cual el acceso a redes sociales como Facebook, Instagram, Twitter, Whatsapp, entre otras, desinhibió a partir de la primera semana aquí, tanto a nuestros alumnos, como a los alumnos de otros países quienes descubrieron un idioma en común que va mucho más allá de sus barreras naturales de cultura, religión, idioma o incluso preferencias sexuales: las redes sociales. 

Al final de la primer semana aquí, me di a la tarea de cuestionar a algunos de ellos, para saber si su experiencia estaba cumpliendo sus expectativas, no solo por el mejorar el idioma inglés, sino también para abrirse y conocer nuevas personas. Para mi sorpresa, a más de uno,  a quienes les pregunté, tenían en sus manos un puñado de dulces japoneses y rápidamente me dijeron respuestas como “sí, de hecho en lo que llevo aquí agregué como a 35 amigos nuevos en Facebook y algunos tienen nombres bien raros, con signitos en chino y todo”. 

Lo curioso de esta experiencia, es que el programa al que vinieron a estudiar nuestros alumnos, convivieron un aproximado de 300 personas de países como Brasil, México, Corea, Japón, Vietnam, China, India, Marruecos, Canadá (Quebec), Chile, Perú, entre otros, y creo poder asegurar por observación durante todo el mes, que la gran mayoría de los alumnos que están aquí tienen un smarthphone, y por primera vez, he podido ver como lo han utilizado como una verdadera herramienta de interacción social con gente que se les dificultaba hablar en primera instancia por su manera de vestir, comer o hablar. 

Personalmente, sigo estando convencido de que nada sustituye a las relaciones humanas de manera personal, sin embargo, este mes ha sido toda una experiencia para mí para poder abrirme a una nueva generación en que realmente puedo decir que todo el mundo se une a través de la tecnología y es que no importa si en tu foto de perfil sales tu solo con un sombrero o un turbante, con maquillaje o sin maquillar, o si tu nombre está  en algún idioma que no entiendas, a fin de cuentas, todo mundo conoce los íconos de Facebook y con eso basta para dar un like y verdaderamente acercarte a un nuevo amigo. 
 

Si le tenemos miedo a la tecnología, perdámoslo. Si la usamos demasiado, usémosla para cosas grandes. No tengamos miedo a ser dependientes de algo que no debe esclavizarnos sino liberarnos.

 
La parte más increíble es que en Monterrey es muy evidente presenciar cómo se utilizan las redes sociales para estar en lugares diferentes a los que en realidad se está, es decir, estar en una fiesta pero estar enviando tuits, o mensajes a alguien que está en otro lugar dentro de la misma ciudad, creando una especie de vacío de estar en el momento en que realmente estás y disfrutar a quienes tienes frente a ti.

No pretendo negar esta evidente situación, pero si me atrevería a replantearla como una resultante de una nueva generación con alcances y objetivos diferentes a los que hace algunos años teníamos al alcance, creado precisamente gracias a la generación que crecimos anhelando el momento en que pudiéramos estar en lugares y momentos diferentes a los que estábamos viviendo. 

Tomando todo lo anterior en cuenta y resumiendo, me llevo una increíble respuesta a mi hasta ahora inconsciente pregunta de ¿a dónde vamos a parar con el tema de la tecnología y las relaciones humanas? y es que ahora estoy plenamente convencido de que vamos a crecer en la posibilidad de una multiculturalidad plena, respetuosa y muy útil, siempre y cuando nos abramos teniendo muy firmes nuestros valores y principios, para poder crecer en el ámbito personal y profesional unidos a un mundo que no va a pararse a esperarnos, si no que nos va a presentar aplicaciones para ponernos al día, aplicaciones curiosamente desarrolladas por los mismos alumnos a quienes les pedíamos que guardaran su celular y nos pusieran atención al frente. 

Alumnos que no se plantean entender un mundo en el que solo platiquen con quien tienen enfrente, cuando pueden hacerlo con 2 o 5 personas más a la vez. ¿Y si aprovechamos esa funcionalidad cerebral y tecnológica para educarlos, para hacerlos crecer a su manera, en nuestro modelo formativo en vez de juzgarlos y pedirles que guarden su celular?

En las últimas semanas he visto crecer enormemente a un grupo de 15 alumnos de entre 14 y 18 años, de quienes algunos de ellos que llegaron hablando en voz baja juzgando a las personas que consideraban diferentes, hoy son sus amigos en Facebook que ayer lloraron en su despedida asegurándose que se volverían a ver y que seguirían hablando seguido por Skype® desde sus respectivos países. 

Es cierto que vivimos en un mundo globalizado, pero es importante lograr entender que vivimos en un solo mundo y ese mundo que a veces parece estar tan dividido por dilemas políticos, está a su vez sumamente unido por la tecnología, arma de dos filos que si enseñamos a usar para bien, tiene resultados increíbles. 

Por último, si le tenemos miedo a la tecnología, perdámoslo. Si la usamos demasiado, usémosla para cosas grandes. No tengamos miedo a ser dependientes de algo que no debe esclavizarnos sino liberarnos. 

La experiencia de las amistades multiculturales forjadas por nuestros alumnos en su verano en Canadá, potenciadas en gran parte por el uso de la tecnología es para mí una síntesis de la nueva ola de pensar, sentir y actuar de la generación de alumnos que tendremos próximamente, y nos queda una sola opción, ¿nos sumamos y aprendemos a aprender junto con ellos?